21 ene. 2010

Lo que sé de mí... tan sólo - I


El estado de las cosas. 2007. Tríptico. Mixta sobre madera. cm un montón.

"Desde el momento en que empecé a pintar la figura, mi concepción del arte cambió radicalmente. Quizás no en su sentido estructural más evidente, pero las figuras distorsionaron mi idea de ambiente y de interior y también de la composición en sí. Y eso me satisfizo, porque esa sensación no se consigue con la pintura abstracta... En la pintura abstracta uno no puede enfrentarse a... un objeto o una persona, a la psicología que se concentra en una persona frente a la ausencia de cualquier figura que ella representa... Y eso es algo que echaré de menos en la pintura abstracta porque nunca podré conseguir ese tipo de diálogo entre varios elementos que pueden llegar a ser... tremendamente diferentes, que pueden estar en oposición o en agudo conflicto".
Richard Diebenkorn. "El experimento Velázquez" Michael Gruber. Alfaguara

"Todo artista lleva consigo una palabra para transmitir. Pero pobre de él si la conoce. Si la sabe."
Vergilio Ferreira. Pensar. Acantilado 138.

Otros aprendizajes
No dejaré pasar la oportunidad de hacer que se respete al individuo. Es por eso que aprecio más el arte otro. Lo busco. Así definía Tapies el suyo en 1955, "Estoy aquí por el arte otro" y cuenta el artista catalán que ese término lo acuñó Michel Tapié. El arte terapéutico. El arte bruto. En la novela Los confines de Trapiello, que leo ahora, al protagonista lo secuestran por tan sólo unas horas. Inagotables. Casi un día, noche incluida, en la noche que se ve cuando te ponen una bolsa negra en la cabeza, y te ciega los ojos pero no los demás sentidos. Ceguera, tal vez, como la de Borges que veía más allá de la visión. Me maravilla su conocida foto en la que sigue el salto de un gato.
Apelo a la fe que destapara Abigail Laskoz en Diciembre de 2004. "El que disfruta el arte y la cultura tiene un poquito de fe".
Nuestro tío Pedro ha muerto con 92 años. Acabo de hablar de ello con Pepe. La última vez que lo vi hace tres años aparentaba tener sesenta y pico o menos. Siempre lo recordaré así. El caso es que ya no está y mando mi pesar a mis primos. A todos ellos que andan por Andujar, Madrid, Valdepeñas. Me siguen pareciendo muchos años para un señor que andaba de casa al cercado en bicicleta. Transmitía serenidad y paciencia. Él velaba de reojo por nuestra educación. También conoció a Juana, la mujer del tío Saturnino. Era calderero menor, trabajaba la chapa y el cinc en un taller pequeño entre la plaza Mayor y Balbuena. Fue mi primer aprendizaje paralelo a la escuela. En realidad si había algo que aprender era la obediencia, pues el tío Saturnino lo tenía siempre todo hecho. Trabajaba con sigilo de relojero, con unas tijeras para chapa que cortaban muy bien. Hacía unos hermosos cangilones para las norias, perfectos, iguales, con dos o tres agujeros en el fondo para la transmisión del agua. ¡Qué maravilla!.
Iba de pequeño a ayudarle, a verle, en vacación. Tuvieron la idea entonces de fabricar recogedores de chapa reciclada de latas de aceite. Azules, verdes, amarillas. Saturnino se hacía con las latas y las reconvertía en otra cosa, con un agarradero de madera bien labrado en la empuñadura. Me encargué de venderlos en la calle Sevilla. Creo que es la única cosa que conozco de esa ciudad. Suficiente. La calle estaba en la salida empinada del mercado, en el centro del pueblo. Daba cobijo a los puestos provisionales, especias aromáticas, muy codiciados plásticos, flores, herramientas y los jueves venía de no se qué lugar un botijero. Creo que los cobraba, los recogedores, a cinco duros. Alguno quedará allá en el pueblo. Antaño se hacían las cosas para siempre.
Esa temporada iba los domingos, muy independiente, a comer a casa de la tía Juana. ¡Qué era un piso!. Les conocí otro que daba al Cine Parque de verano, desde la ventana de la cocina, subido en un taburete, pude ver alguna de romanos, del oeste, de Fantomas, a pantalla grande. Disponía la tía Juana de una cultura muy doméstica. Respetable. No decía ni mucho ni poco. Era discreta. Disfrutaba creo de la situación industrial de Saturnino, porque no es poco no tener que depender del campo. Hacía la tía, una sopa de estrellitas deliciosa, todos los domingos. Y siempre estaba igual de buena cuando le ponía unas resucitadoras gotas de limón. No tenían hijos. Me querían. Yo por mi parte adoraba a Saturnino porque tenía un local con una puerta a su medida y siempre que iba a verle estaba sentado en una silla a la que le había cortado las patas. El taller era pequeño, suficiente para que el tío se arreglara bien. Algunas veces salíamos a trazar una chapa en la calle y yo me sentía muy bien haciendo cosas de adultos. En ocasiones, iba a por la chapa grande a donde Enrique, su hermano, que también era chapista o calderero o cosa parecida. Los dos eran muy serios. Me daba el pliego de chapa requerido y me iba yo con aquel aspa que con el movimiento sonaba a concierto de serrucho. Con el aire. La fachada del tío Enrique, de ladrillo rojo, era la más bonita, la más bella del pueblo. Ladrillo estrecho con llagueo de un dedo de arenisca. A puerta cerrada y con las contraventanas de madera puestas el paseante forastero no sabría si aquello era un taller o un convento. En aquel entonces a las casas no se les llamaba arquitecturas. En aquel entonces los artistas plásticos se hallaban lejos. Gregorio Prieto, en Grecia o vaya usted a saber, Francisco Nieva, en París, en Madrid o vaya usted a saber. En Barcelona, el poeta, escritor y traductor Ángel Crespo. En aquel entonces yo no tenía entendederas suficientes para saberlo.
Sábado seis de Febrero de 2010.

14 ene. 2010

Post Data para con un cuarto de pliego ... de lija

"Hoy ya tuve unos cuantos benévolos momentos de radiante mundo"

Peter Handke. El peso del mundo. Laia. 12

Aprovecho estos días, de atrás: Navidad, Fin de año; de bullicio callejero para sacarme de ahí y hacer cosas que quedaron pendientes. En casa. Esas tareas que se dejan y te ocupan luego uno o dos o más cajones abarrotados. En la cabeza. Y las ideas frescas, diarias han de abrirse paso en esa cortina, a empellones, de reciente pasado.
La vivienda es lo más cercano a una nube que conozco. Tengamos en cuenta que en algunos casos es la propia nube. En aquellas casas que tienen patio abierto. Y en las que suman goteras en exceso. Donde el existir pasa por alejarse constantemente de esa humedad que vive contigo y cuando duermes sueñas con ella como si de novia nueva se tratara.
La casa es una nube. Poéticamente hablando. Dejémoslo así. Una nube de las que citan los poetas cuando quieren decir que no se termina de conseguir algo o nada. Querido en exceso. O necesario. O imposible. Y es sabido que una nube no es un precipicio donde se da a entender que nuestro propio peso tiende siempre a caer. A desmoronarse. A precipitarse.
Desde luego, puestos a pedir, es mejor pedir la luna. Aún hay quién lo hace. Pero el astro nocturno perdió fiabilidad desde que fue, dicen, pisado. Una huella, dos, tres, cuatro, seis huellas y ya ... vuelta al origen.
Así es que me pongo en estos primeros días del año pliego de lija en mano y bayeta a limpiar la librería principal de hierro de casa. Estantería mínimal que siempre acoge libros como país que conozco. Marcos, fotos, trenecillos de colores, ranas de este o aquel material. El tibor de los todos, gomas, mini lápices, pins, sellos ... y nunca los suelta, se deshace de ellos o vienen entrando mucho más que vienen saliendo.
Anagrama, Anagrama hispánicas, Caralt, El acantilado, Galaxia Gutemberg, Tusquets, Emecé editores, Siruela, Destino, Salamandra, Alianza editorial ... muchos más libros de los que pueda leer, interpretar, en una vida tan sólo. Dicen que para la libertad también es insuficiente con una. Nos vemos compensados con libertades atrasadas. Pero ¿qué nueva partitura de zambomba transmitiremos nosotros?.
Me recojo aquí, en un cuarto de pliego de lija para hierro. A pulir la librería. No quisimos pintarla cuando la ideamos. El hierro dulce es bello. Maleable. Silencioso, tan sólo le dimos unas manos de Zapón.
Nos regalaron un precioso centro de mesa que me observa, aunque pienso que un buen jamón es el elemento ideal en una cocina moderna. En violetas. El centro de mesa espléndido.
Me acuerdo que de niño tenía paciencia, creo que tenía capacidad para quedarme largo rato mirando una pinza. De colgar la ropa. De madera o verde, azul, roja de plástico. El recorrido en la pared de una lagartija, entre la hiedra, gitanillas, geranios ... un maratón de hormigas. Ese movimiento tan quieto. Ese hurgar en el embeleso me previno siempre contra el viaje. Mirar demasiado un candado, una red de gallinero, un abrevadero, una cuña, una llave fija, te hace pensar cuanto tiempo necesitaría para asumir, digerir, la belleza del Taj Mahal. O el Nilo. Y no está la vida para andar huyendo. Como huidor acelerado he salido de la novela de Modiano. Que debe, aún habiéndola leído no lo sé, tratar de espías.
En aquel tiempo de la infancia, recuerdo que un carnicero pasaba a menudo por el taller de mi padre. Eran amigos y se interesaba por cómo le iba. Iba de paso a su almacén, en un cercado, que tenía para su tienda. Embutidos, conservas, jamones. En una de las calles adyacentes a la Seis de Junio. Un día me llevó a aquel gran patio con pozo, con tejados interiores para los carros, y abrevadero para los animales de tiro. Había tres perros. Aquello era tan grande que hubieran cabido al raso todos los pasos de Semana Santa del pueblo ... en unas cajas de fruta atesoraba un, entonces me lo pareció, sin fin de Tebeos. Ahora llamados comics, en este inglés que nos va atrincherando. El Guerrero del antifaz, Roberto Alcazar y Pedrín y otros ...
Me ofreció, me dejó llevar a casa unos pocos para ir viéndolos. Los llevé, muy agradecido y en un tiempo se los devolví. Sin haberlos siquiera leído. Tan sólo ojeados. Vistos los santos, como dicen en el pueblo. Y lo que me pasó es que tuve nostalgia de los que quedaron al aire en aquel gran patio. Fueron mis primeros contactos con el coleccionismo. Después de aquello me propuse tener cosas yo también. Hasta la fecha. Tengo ese extraño, extenso, deseo de tener, de poseer, de saberme acompañado. Por Simenon, Walser, James, Vargas, Wilson, Cheever, Buzatti, Cirlot, Padorno, Talens, De Lucca, Donna Leon, ...
Y paso así una bella tarde ilusionando. Recordando pasajes y leyendo. Coleccionando. Vendrán todos conmigo a lomos de gigantes elefantes si me marcho. Es un decir, se trataba de limpiar la librería.
Advierto que también sumo a los estantes los libros que me dejan. Que me rompen la dinámica, la guía de lectura. El embeleso. Los devuelvo de inmediato cuando consigo un ejemplar igual. Es fatal devolver un libro no leído. ¿Quién que haya diseñado esta sociedad nos ha inoculado la impaciencia?. El libro siempre tiene tiempo para uno.Habrá que hacerles caso.
Está quedando bien con tres cajas menos de libros este gran corazón de metal a prueba de insomnio. Luego la miraré como a las pinzas. Saludos.

10 ene. 2010

Con un cuarto de pliego ... de lija



Aplique. Mixta/papel 24x24 cm 2009

Obreros

La labor terminada,

¿qué obrero habrá añadido
como una furtiva caricia
sobre el muro de piedra los musgos amarillos?

William Ospina. Poesía 1974-2004. La otra orilla

"No me gusta trabajar, pero cuando lo hago me agrada hacerlo como los pintores. Se paran ante su tela, la miran, calculan; luego hacen unos trazos con lápiz, se asustan (creo yo) y se van a la calle o leen (son grandes lectores) y vuelven, y desde la puerta ven aquello, a lo que se acercan, ahora con unos pinceles y una mesita en la que han puesto muchos colores, o pocos, según: rojo, azul, verde, añil, blanco, violeta; piensan, titubean, miran su tela, se acercan a ella y ponen un color aquí y otro allá; se detienen, se hacen a un lado y miran, vacilan, piensan, y leen o se van a la calle, hasta otro rato"

A Vicente Rojo. Augusto Monterroso.