
Gavillera. Mixta/papel 147x140 cm, Octubre 2009
"He cogido tantas veces este cuaderno
para escribir y lo he dejado como estaba,"
He cogido tantas veces (fragmento) Sumar y Restar. Javier Aguirre Gandarias.
Fue la herencia paterna que recibimos: ciento veinte conejos. Grandes, medianos, recién nacidos. Además, naturalmente, de todo lo sabido que se lleva consigo entrevenas y el alma. El parecido. ¡Ay que verde vejiga, que mala madrugada!.
Me recompongo por si influyera este lamento mío al compartirlo. Conejos, que tesoro, biennacidos conejos. Alimento diario por si acaso y moneda de trueque. Ciento veinte y no sé que fue de ellos, que pasó, dónde fueron.
Nos veía, esperanzado, crecer nuestro padre. Ganar altura. El primero que llegó a los pedales de la bicicleta fue Pepe. Confieso que siempre tuve cierta resistencia al crecimiento. Modorro. Me mandaba mi padre al taller de Agapito. Enfrente. El zapatero constante. Quizá pensaba que ese oficio era mejor para mi, cuando me sentaba en el taburete junto al barreño de buscar las fugas, los pinchazos de los neumáticos. Tan mirón en el interior del taller.
Llevaba papá cogido del sillín apenas dos pasos, luego como voluntad compartida mi hermano mayor continuaba solo, derecho a casa a excepción de una curva peligrosa a la izquierda. Un pequeño repecho y ahí estaba mi hermano triunfante de la vuelta del trabajo de nuestro padre. Del taller a casa, media manzana. Pocos metros. Aprendió rápido a mantenerse en equilibrio y con el atrevimiento vino lo demás. De inmediato pudo llevarme, henchido de responsabilidad en la parrilla de atrás, porta equipajes, porta hermanos, porta sacos de amapolas para los conejos. Preferían la alfalfa recién cortada, el alimento principal de la vaquería de arriba de la calle.
Cogíamos con mi madre ramilletes de ellos que luego iban a parar al fondo del saco. Nosotros con las manos, mi madre se ayudaba del mandil y nos ganaba siempre cogiendo. Sabía andar en las cunetas, era alante, en la carretera de Torrenueva y Santa Cruz de Mudela. Entre piedras, cardillos, hinojo y romero. Frescas amapolas recién surgidas libremente diseminadas en el paisaje. Entre sembrados alineados de buen cereal, trigo verde, candeal. Espigado futuro que mecía el aire. Había que coger dos sacos cada vez. Luego del aprendizaje íbamos solos. Voracidad vegetal de animal herbívoro. A ratos confundíamos con alborozo su función alimenticia y los mirábamos como el Loro que nos presentara Javier Aguirre Gandarias:
Tiene un ojo cerrado
He cogido tantas veces (fragmento) Sumar y Restar. Javier Aguirre Gandarias.
Fue la herencia paterna que recibimos: ciento veinte conejos. Grandes, medianos, recién nacidos. Además, naturalmente, de todo lo sabido que se lleva consigo entrevenas y el alma. El parecido. ¡Ay que verde vejiga, que mala madrugada!.
Me recompongo por si influyera este lamento mío al compartirlo. Conejos, que tesoro, biennacidos conejos. Alimento diario por si acaso y moneda de trueque. Ciento veinte y no sé que fue de ellos, que pasó, dónde fueron.
Nos veía, esperanzado, crecer nuestro padre. Ganar altura. El primero que llegó a los pedales de la bicicleta fue Pepe. Confieso que siempre tuve cierta resistencia al crecimiento. Modorro. Me mandaba mi padre al taller de Agapito. Enfrente. El zapatero constante. Quizá pensaba que ese oficio era mejor para mi, cuando me sentaba en el taburete junto al barreño de buscar las fugas, los pinchazos de los neumáticos. Tan mirón en el interior del taller.
Llevaba papá cogido del sillín apenas dos pasos, luego como voluntad compartida mi hermano mayor continuaba solo, derecho a casa a excepción de una curva peligrosa a la izquierda. Un pequeño repecho y ahí estaba mi hermano triunfante de la vuelta del trabajo de nuestro padre. Del taller a casa, media manzana. Pocos metros. Aprendió rápido a mantenerse en equilibrio y con el atrevimiento vino lo demás. De inmediato pudo llevarme, henchido de responsabilidad en la parrilla de atrás, porta equipajes, porta hermanos, porta sacos de amapolas para los conejos. Preferían la alfalfa recién cortada, el alimento principal de la vaquería de arriba de la calle.
Cogíamos con mi madre ramilletes de ellos que luego iban a parar al fondo del saco. Nosotros con las manos, mi madre se ayudaba del mandil y nos ganaba siempre cogiendo. Sabía andar en las cunetas, era alante, en la carretera de Torrenueva y Santa Cruz de Mudela. Entre piedras, cardillos, hinojo y romero. Frescas amapolas recién surgidas libremente diseminadas en el paisaje. Entre sembrados alineados de buen cereal, trigo verde, candeal. Espigado futuro que mecía el aire. Había que coger dos sacos cada vez. Luego del aprendizaje íbamos solos. Voracidad vegetal de animal herbívoro. A ratos confundíamos con alborozo su función alimenticia y los mirábamos como el Loro que nos presentara Javier Aguirre Gandarias:
Tiene un ojo cerrado
y otro abierto. El loro tuerto!
¿Cantar? No canta.
¿Reír? No ríe.
¿Posee alguna gracia? Ninguna. El loro tuerto!
¿Ha aprendido a amar? No ha aprendido.
pero subo las escaleras corriendo,
para verle, con al corazón impaciente:
¿Le habrá ocurrido algo?
Le doy de comer, le hablo al oído, le mimo
y me mira fijo, fijo, con su ojo demoníaco. El loro tuerto!
Incontinentemente felices. Como niños. ¡Tan numerosos!. Y nuestro padre con ese ejercicio siempre de tablas y clavitos, de bisagras de caucho y tela metálica muy fina que siempre se me ha antojado lo más difícil del mundo colocar: tan derecha tan tensa. Hexagonal en cada una de sus celdillas y unos cerrojitos fabricados en casa con un hierro y chapa de lata de aceite para automóvil. Había en casa algunos botes de verde y rojo BH. Para reparar raspones de los cuadros de las bicicletas y yo con un sólo pincel me sentía iniciador de un nuevo juego pintando la pared de mi habitación que daba a la calle. Había que estar siempre en contacto con los amigos.
No eran tiempos ociosos aquellos años. Siempre había algo que hacer. Siempre. Habitáculos, separadores para la coneja en celo y la por parir, cuidados para la prole. Hacía mi padre unos comederos de chapa contorneada y pisada, como los harían en Méjico.
Mientra ocurría todo esto nos aventurábamos por las alturas en ejercicio y prueba de que no había miedo ni vértigo. Desde aquel conjunto de haces de sarmientos que daban techo a los animalitos se divisaba el cerro. Más cerca, el cercado abandonado contiguo al corral. Y mirábamos muy atentos en busca de algo, que tal vez fuera prohibido o que tan solo estuviera allí. Y no había nada nunca excepto la quietud, un poco de mala hierba entre una desmandada higuera con higos hueros.
Eran, miraras donde miraras, cuadros, estampas con figura siempre que volvíamos abstractos tal vez por la impaciencia, por la prisa.
Tuvimos en la Virgen de La Cabeza un sustituto de maestro que se ganaba nuestro silencio y respeto pintando con tiza unos caballos bien nutridos, reales, maravillosos a pizarra entera. Recuerdo con gratitud que pensaba entonces que era magnífico. Mientras estuviera ese dibujo no habría en el encerado otra cosa. Cosas mías.
No dejaré de contarme aquí estas cosas. De renovar esperanzas perdidas, emotivos o locuaces silencios. Alegrías. Al final uno es de lo que está hecho. Lo dice Iriondo en el texto que ha realizado para la exposición de Antón. De propia voz y en palabras de otros. Un saludo. Salud.
Incontinentemente felices. Como niños. ¡Tan numerosos!. Y nuestro padre con ese ejercicio siempre de tablas y clavitos, de bisagras de caucho y tela metálica muy fina que siempre se me ha antojado lo más difícil del mundo colocar: tan derecha tan tensa. Hexagonal en cada una de sus celdillas y unos cerrojitos fabricados en casa con un hierro y chapa de lata de aceite para automóvil. Había en casa algunos botes de verde y rojo BH. Para reparar raspones de los cuadros de las bicicletas y yo con un sólo pincel me sentía iniciador de un nuevo juego pintando la pared de mi habitación que daba a la calle. Había que estar siempre en contacto con los amigos.
No eran tiempos ociosos aquellos años. Siempre había algo que hacer. Siempre. Habitáculos, separadores para la coneja en celo y la por parir, cuidados para la prole. Hacía mi padre unos comederos de chapa contorneada y pisada, como los harían en Méjico.
Mientra ocurría todo esto nos aventurábamos por las alturas en ejercicio y prueba de que no había miedo ni vértigo. Desde aquel conjunto de haces de sarmientos que daban techo a los animalitos se divisaba el cerro. Más cerca, el cercado abandonado contiguo al corral. Y mirábamos muy atentos en busca de algo, que tal vez fuera prohibido o que tan solo estuviera allí. Y no había nada nunca excepto la quietud, un poco de mala hierba entre una desmandada higuera con higos hueros.
Eran, miraras donde miraras, cuadros, estampas con figura siempre que volvíamos abstractos tal vez por la impaciencia, por la prisa.
Tuvimos en la Virgen de La Cabeza un sustituto de maestro que se ganaba nuestro silencio y respeto pintando con tiza unos caballos bien nutridos, reales, maravillosos a pizarra entera. Recuerdo con gratitud que pensaba entonces que era magnífico. Mientras estuviera ese dibujo no habría en el encerado otra cosa. Cosas mías.
No dejaré de contarme aquí estas cosas. De renovar esperanzas perdidas, emotivos o locuaces silencios. Alegrías. Al final uno es de lo que está hecho. Lo dice Iriondo en el texto que ha realizado para la exposición de Antón. De propia voz y en palabras de otros. Un saludo. Salud.

Siempre me llamó la atención la edad en que murió mi padre. 
























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